La historia de los incas no se basa en documentos escritos. De hecho, la escritura no se conocía en el imperio andino antes de la llegada de los españoles, con la excepción de los quipu, instrumentos de registro consistentes en cuerdas con nudos, cuya interpretación, sin embargo, sigue siendo objeto de debate.
Los incas, sin embargo, se habían esforzado por fijar los datos más destacados de su historia, constituyendo un cuerpo especial de sabios encargados, también con la ayuda del quipu, de registrar los acontecimientos pasados. A partir de Pachacutec, el noveno gobernante de la dinastía, estas memorias vivas se complementaron también con pinturas en las que se reproducían los acontecimientos más importantes de la vida de los distintos gobernantes, convenientemente depurados de sucesos poco edificantes. A este doble sistema se sumaban las tradiciones conservadas en las distintas familias de los gobernantes, cada una de las cuales respetaba celosamente los detalles excluidos de la historiografía oficial.
Los primeros investigadores españoles que se interesaron por la historia pasada del pueblo recién conquistado no tenían claro este detalle y, al interrogar indiscriminadamente a los diversos custodios de las tradiciones pasadas, registraron hechos a veces discordantes. Sin embargo, las diferencias se referían, casi exclusivamente, a los detalles entendidos de forma diferente por las distintas familias, pero no afectaban a la historia de los incas vista en su conjunto.
Cronología esencial
- 1250 – Comienza la colonización del valle del Cusco, sobre cuyo origen existen diversas leyendas vinculadas a Manco Cápac, a menudo citado como el primer Inca, y Mama Ocllo.
- 1438 – Cusco corre el riesgo de ser invadido por los chanca, pueblo procedente del altiplano central peruano. Viracocha Inca, en el cargo en ese momento, abdica. Su hijo Pachacútec (o Pachacuti) ocupa su lugar y gana la batalla. Bajo este último Inca, Cusco se expandió considerablemente y se convirtió en una especie de estado federal con la propia ciudad en su centro. Se cree que bajo este Inca Qhapaq se construyó el importante centro religioso de Machu Picchu.
- 1463 – Gobernado por Túpac Yupanqui, hijo de Pachacútec, el Imperio conquista numerosos territorios y, en particular, anexiona el Reino Chimú. Toda la región andina queda unificada bajo la hegemonía inca.
- 1527 – A la muerte de Huayna Cápac, bajo quien el Imperio se expande aún más, el linaje imperial se disputa entre sus dos hijos: Atahualpa y Huáscar, lo que da lugar a una guerra civil. Aprovechando la situación, el conquistador Francisco Pizarro aparece en el norte del Imperio (en la actual Colombia) y luego en el sur (en los actuales estados de Chile y Argentina).
- 1533 – En la guerra por el poder, Atahualpa derrota a Huáscar, pero Francisco Pizarro lo captura y lo hace matar.
- 1536 – Cae finalmente el Cusco y el Tawantinsuyu está próximo a la muerte.
- 1548 – Finalizan las guerras intestinas entre los españoles y comienza la verdadera colonización española de la región andina. Los últimos focos de resistencia inca permanecieron en Vilcabamba, donde duraron unos 30 años.
- 1572 – El último emperador inca, Túpac Amaru, es decapitado y elTawantinsuyu termina oficialmente.
Panaca
Las panacas eran las familias imperiales y estaban encabezadas por uno de los hijos del gobernante, a excepción del heredero al trono. En memoria del Inca fallecido, eran responsables de la conservación de la momia y de transmitir el uso del quipu y las artes (especialmente la música y la pintura) a las generaciones futuras.
El Consejo Imperial
Era el máximo órgano consultivo del Inca. Constaba de ocho personas:
- Suyuyuq – Gobernadores de Suyu (4 en total).
- Auqui – Príncipe heredero. Esta figura fue establecida por Pachacútec.
- Huillaq Uma – Sacerdote supremo.
- Los Amautas – Eran señores y miembros de la nobleza.
- Apusquipay – General del ejército imperial.
Historia
La historia de los incas no se basa en documentos escritos. De hecho, la escritura no se conocía en el imperio andino antes de la llegada de los españoles, con la excepción de los quipu, instrumentos de registro formados por cuerdas con nudos, cuya interpretación, sin embargo, sigue siendo objeto de debate.
Los incas, sin embargo, se habían esforzado por fijar los datos más destacados de su historia, constituyendo un cuerpo especial de sabios encargados, también con la ayuda del quipu, de registrar los acontecimientos pasados. A partir de Pachacutec, el noveno gobernante de la dinastía, estas memorias vivas se complementaron también con pinturas en las que se reproducían los acontecimientos más importantes de la vida de los distintos gobernantes, convenientemente depurados de sucesos poco edificantes. Este doble sistema se complementaba con las tradiciones conservadas en las distintas familias de los gobernantes, cada una de las cuales respetaba celosamente los detalles excluidos de la historiografía oficial.
Los primeros investigadores españoles que se interesaron por la historia pasada del pueblo recién conquistado no tenían claro este detalle y, al interrogar indiscriminadamente a los diversos custodios de las tradiciones pasadas, registraron hechos a veces discordantes. Sin embargo, las diferencias se referían, casi exclusivamente, a los detalles entendidos de forma distinta por las diversas familias, pero no afectaban a la historia de los incas vista en su conjunto.
Origen del Tawantinsuyu
Se cree que el Cuzco de los incas fue fundado en el siglo XIII como una aldea fortificada, desarrollada en torno a un templo original. Se conocen pocos detalles de la vida del mítico Manco Cápac, el héroe fundador primordial, aparte de los de su origen divino.
Examinando las vicisitudes de los reinados, siempre legendarios, de sus descendientes, desde su hijo Sinchi Roca hasta su sucesor Lloque Yupanqui, tenemos la impresión de una existencia tribal del núcleo originario empeñado en forjar alianzas con las etnias vecinas mediante lazos matrimoniales.
En esta etapa, los señores de Cuzco no se diferenciaban en nada de las demás tribus con las que buscaban relaciones pacíficas, y los escasos enfrentamientos en los que se vieron envueltos eran atribuibles a las inevitables rivalidades que periódicamente perturbaban la existencia de los primeros colonizadores de los Andes. En su mayor parte, se trataba de disputas por la posesión de pastos o cultivos que no desembocaban en guerras abiertas, sino que se resolvían en escaramuzas esporádicas.
El único rasgo importante que diferencia a los incas de la época de sus vecinos es la construcción del Templo del Sol dentro de su ciudad y la atracción que el culto, allí ejercido, comenzó a ejercer también sobre las etnias circundantes. El examen de los relatos míticos da la idea de que el poder sacerdotal, valiéndose del prestigio de su función cultual, ejercía también una especie de predominio sobre los gobernantes que, de hecho, vivían en el templo.
Formación del Estado
Con la llegada al trono del cuarto gobernante, el hijo de Lloque Yupanqui conocido como Mayta Cápac, se produjo un cambio sustancial en la sociedad inca. En primer lugar, su epíteto, Capac, ya herencia del mítico Manco, lo señala como gobernante absoluto, mientras que sus predecesores se habían ilustrado con el de ‘Sinchi’, propio de un jefe militar, o ‘Yupanqui’, que es sólo un atributo calificativo entendido como ‘memorable’.
Bajo su liderazgo, los incas se enfrentaron por primera vez a una auténtica guerra para conseguir el dominio del valle del Cuzco. A su costa se encontraba una tribu consanguínea, los alcabizas, que se creían descendientes de un hermano de Manco, el también mítico Ayar Uchu. La nueva política del soberano no contó con la aprobación del clero, que pretendía alcanzar su preeminencia, sobre todo el territorio, ejerciendo su función sacerdotal, pero la victoria del emprendedor soberano acalló sus quejas por el momento. El contraste entre los dos poderes, el sacerdotal y el real, es sin embargo evidente en los relatos del reinado de Mayta Capac, a quien se recuerda, además de por su indiscutible valor militar, por su lucha contra la huaca, los ídolos sagrados de los incas.
La oposición entre los dos poderes estaba destinada a intensificarse durante el reinado de su hijo, Capac Yupanqui, que mostró su deseo de continuar la dirección gubernamental de Mayta Capac. El nuevo gobernante creó primero una confederación de la que los incas se colocaron a la cabeza. Pronto se invitó a las tribus vecinas a unirse a esta alianza y las que se mostraron recalcitrantes fueron obligadas a alinearse. Este fue el caso de los quechuas y los aymaras, que a partir de entonces se convirtieron formalmente en aliados, pero de facto en súbditos del Cuzco.
Los ejércitos de Capac Yupanqui habían llegado así a orillas del mítico Titicaca y habían reconquistado la región de origen de los incas, aumentando el prestigio del soberano entre su pueblo, pero algunas de sus iniciativas en el campo religioso le granjearon en cambio la antipatía de los sacerdotes. Algunos relatos le hacen fundador de un nuevo culto, el de «Tonapa», una divinidad que surgiría del gran lago y se declararía enemiga de todas las huacas. En todo caso, aunque no se quiera dar crédito a esta exageración de su posición religiosa, es evidente que tuvo una política de restricción del poder sacerdotal, que el gobernante pretendía subordinar al poder real.
Túpac Yupanqui murió envenenado aparentemente debido a una conspiración familiar, pero las sospechas recayeron obviamente sobre los representantes del clero a los que el gobernante se oponía. No en vano, su sucesor Inca Roca construyó su palacio fuera del templo, que quedó bajo el dominio de los sacerdotes. En esta ocasión también se produjo un importante cambio de dinastía. Hasta la muerte de Túpac Yupanqui, los gobernantes habían pertenecido a la facción Hurin Cuzco, literalmente el Cuzco de abajo, la parte de la ciudad donde se encontraba el templo. Con la subida al trono de Inca Roca, que era un representante de Hanan Cuzco, es decir, la mitad superior, los futuros gobernantes siempre eran elegidos de esta mitad y elegidos para residir en la parte alta de la ciudad, dejando el templo al poder sacerdotal.
Sin embargo, con la llegada al trono del nuevo gobernante, los dos poderes, real y sacerdotal, se dividieron sin aparente interferencia de uno sobre el otro. Inca Roca desplegó toda su actividad para aumentar el territorio del estado emprendiendo numerosas guerras, la mayoría de ellas victoriosas, y no se inmiscuyó en los problemas religiosos como habían hecho sus predecesores. El enfrentamiento parecía superado, pero la consolidación de las estructuras del estado inca no podía producirse sin resolver el dualismo que minaba su estabilidad. Una de las acciones bélicas más importantes del nuevo gobernante fue el ajuste de cuentas con la poderosa tribu de los ayarmacas, que había secuestrado a su hijo con la intención de frenar su agresión. Una vez recuperado el pequeño príncipe, que había estado a punto de morir, los ejércitos cuzqueños se lanzaron contra sus enemigos, enfrentándose a ellos en repetidas ocasiones. Inca Roca fue un gobernante activo y poderoso, y bajo su liderazgo el pequeño reino vivió un periodo de prosperidad, imponiéndose en el exterior a sus adversarios y estabilizando sus estructuras en el interior mediante reformas ilustradas. Se crearon escuelas y se canalizaron las aguas de los arroyos que ocasionalmente inundaban la ciudad, al tiempo que se mejoraban las técnicas agrícolas. Sin embargo, la fuerza del Estado inca seguía dependiendo demasiado de las capacidades personales de su gobernante y bastaba que su sucesor se mostrara débil e irresoluto para que todo el edificio amenazara con derrumbarse.Yahuar Huacac, el hijo de Inca Roca no tenía el carácter de su padre. Tal vez era débil de salud, como parece indicar su nombre, que significa «el que llora sangre», tal vez había sido azotado por los terribles sucesos que habían marcado su infancia, pero en cualquier caso no se recuerda de él ningún acontecimiento destacable aparte del secuestro del que había sido víctima.
Su muerte, sin embargo, marcó un hito importante en la historia inca. Según Cieza de León, fue asesinado por una tropa de soldados de una tribu confederada a la que imprudentemente había dejado entrar armada en Cuzco.
Su fin estuvo a punto de marcar también el de la ciudad, ya que sus asesinos, exaltados por el asesinato del soberano, pasaron a Cuzco a cuchillo y sólo fueron expulsados por los incas al final de una sangrienta batalla calle por calle.
Su ineptitud amenazaba con desbordar a la propia institución monárquica, que había perdido su prestigio a los ojos de los ciudadanos, que consideraban la posibilidad de dar el poder a una oligarquía compuesta por sus miembros más prestigiosos. En la confusión general, sin embargo, una figura respetada por todos logró imponerse. Era un Inca del más noble linaje, se llamaba Hatun Topa, pero todos le llamaban Viracocha y con ese nombre asumió el trono. Iba a ser Viracocha Inca, el octavo gobernante de Cuzco. Pertenecía al linaje Hanan Cuzco.
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